A continuación procuraré trasladaros algunas de las ideas que allí barajamos, por, si como a mí, pueden aprovecharos personal y profesionalmente.

“Ahorrar para la jubilación” es un mensaje que no cesa y pese al tiempo transcurrido no pierde vigencia, al contrario dada la situación actual y la previsible evolución del mercado laboral para las próximas décadas y sobre todo la evolución demográfica, a priori lo más factible es que las pensiones públicas disminuyan y que necesitemos tirar de nuestros propios recursos si queremos evitar un escenario personal de estrechez económica.

Si nuestro legítimo deseo es mantener un nivel de vida estable en el futuro, esta meta bien merece una reflexión reposada y sincera. Son muchas las variables a considerar en este proceso: desde cuáles son nuestros objetivos vitales a qué pasos estamos dando para conseguirlos. Se trata de un proceso necesariamente abierto e intrínsecamente flexible, informado en la prudencia como principio director, porque, si bien es cierto que hoy podemos conocer a qué tipo de pensión pública tendríamos acceso al jubilarnos y qué iniciativas concretas podemos manejar para complementarlas, lo que parece insalvable es que durante los próximos años el importe de las pensiones públicas se reducirá, de manera que tendremos que tirar de cartera para mantener en el futuro nuestro deseado nivel de vida.

Más allá de si lo que contrata la mayoría o lo más vendido con esta finalidad es lo más adecuado, lo que subyace de fondo es la idea de buscar una adecuada gestión para nuestros dineros.

Estudios reiterados revelan que gran parte de los españoles manejamos una percepción positiva de la jubilación. En efecto la percibimos activa, disfrutada en el seno de nuestras familias, entretenida con aficiones, aparcadas o nuevas, salpicada de viajes internacionales y domésticos. Ante este panorama la conclusión es inapelable: “Hace falta dinero para financiarla”, de manera que el ejercicio de planificación está servido.

Ensamblar el andamiaje de nuestro futuro económico pasa necesariamente, si queremos tener éxito en el intento, por realizar un ejercicio activo de planificación financiera a largo plazo. Con esta intención podemos manejar diferentes modelos, todos ellos válidos si, como concluían mis interlocutoras, damos respuestas a cinco cuestiones básicas:

  1. ¿Qué quiero?
  2. ¿Cuánto cuestan mis objetivos?
  3. ¿Qué tengo?
  4. ¿Cuál es mi objetivo de rentabilidad?
  5. ¿Cómo elaboro el plan de inversión que me permitirá alcanzar mi objetivo de rentabilidad?

Para desarrollar consistentemente una estrategia de inversión, entre otros factores hay que contar siempre con: tiempo, experiencia y conocimiento. Sin embargo, y pese a todo lo dicho, está demostrado que, en el campo de las inversiones, las emociones juegan en contra nuestra.

Así que llegamos a la conclusión de que este camino no conviene emprenderlo en solitario y nos pareció a todos imprescindible hacerlo debidamente asesorado: “cada persona, una jubilación”.

 

José Carlos Lagares Medina
Director de Negocio Especializado